EXITO Y FRACASO, ESOS DOS IMPOSTORES.

Como la repugnancia que me produce la figura de Maradona me impide ser todo lo objetiva que quisiera, les dejo esta nota de Roman Iuch que refleja al 200% cómo son las cosas.


Fortaleza en la derrota y humildad en la victoria. La frase puede resultar simple, pero su ejecución es mucho más compleja que la combinación de esas nueve palabritas. El saber que la soberbia no es grandeza sino hinchazón es un mal endémico para el que los argentinos no hemos encontrado nunca una vacuna. La noche de ayer volvió a demostrarlo una vez más.

Han terminado las eliminatorias. Se parieron con dolor. Con un trabajo de parto largo, traumático y doloroso. La consecuencia fue el nacimiento de la clasificación para Sudáfrica 2010. A partir de este momento se puede ver a esta criatura como hermosa, adorada y de buenos modales o como lo que es: una imagen indefinida y con evidentes debilidades a la que en ocho meses se le pueden enseñar muchas cosas para que se domestique, aprenda y a la hora de la verdad esté lista para poder caminar con firmeza.

Claro que para eso será indispensable una autocrítica. La que apenas terminado el partido desde la misma lucidez con la que juega y aún con los corazones acelerados hizo Juan Sebastián Verón, reconociendo las falencias e invitando a la reflexión, a la revisión y a la evolución. La que prefirió evitar Maradona con aire revanchista y buscando en la prensa el enemigo a vencer.

Es verdad que la clasificación vale, claro que sí. Corresponde el festejo. Por el pasaje al Mundial y por el sufrimiento vivido. Porque en Romero se encontró un arquero con futuro, porque Demichelis jugó como si su inactividad nunca hubiera sido real, porque Verón fue el líder que el equipo necesitaba adentro de la cancha y Mascherano recuperó la memoria para hacerse patrón en el medio. Pero así como miramos eso también hay que reconocer que el equipo pateó dos veces al arco en 90 minutos, que jugó para defender el cero y que con Uruguay como cómplice armó un partido plagado de imprecisiones y visualmente espantoso.

Vale el festejo de los jugadores y la angustia descargada, tanto como entender que en estos cuatro años el fútbol argentino retrocedió a pasos agigantados y que todos, prensa incluida, tienen su parte de responsabilidad. La gran diferencia es que las influencias no son las mismas y es desde allí desde donde se debe hacer el análisis fino.

La falta de resultados, la ausencia de un estilo de juego, las convocatorias compulsivas, los desbordes emocionales y la escasez de trabajo son algunas de las responsabilidades del entrenador.

El abuso de autoridad y la sensación de sospecha en cada acto, haciendo de la selección argentina un bien familiar es la parte que le toca a Grondona.

La irregularidad y en algunos casos indolencia, transmitiendo cierta mezcla de desidia e impotencia, superados por la presión del compromiso es la porción de la torta que le corresponde a los jugadores.

La tentación de bajar al supuesto Dios del Olimpo y hacerlo terrenal y pecador en todos sus actos es la parte que debe aceptar la prensa amarilla, vil y barata. La alcahuetería del "siduieguismo", esa para la que abonan los que no entienden que una critica sana a tiempo es mejor que un elogio desmedido, también puede llevarse una mención destacada.

Diego puede sentirse feliz, está en su derecho, pero destruir al periodismo porque es el mensajero que trae malas noticias no lo llevará al camino correcto. Si sus hijas son aquellas que le transmiten lo que de él se dice, tendrán que invitarlo a la disculpa luego del agravio público de anoche del que pueden haber sido receptores muchos niños o grandes, al fin y al cabo la educación no tiene edad. Tendrán que recordarle que tiene una investidura que respetar y que sus barreras de censura deben operar para que su incontinencia oral quede de lado y la templanza gane el otro partido. Que la vida tiene grises y que siempre hay tiempo para conocerlos. Que aunque otros cometan atrocidades mucho más dañinas que su exabrupto, se pueden respetar algunas formas.

La Argentina está en el Mundial y eso no lo cambiará nada ni nadie. Maradona se dará el gusto de dirigir a su selección y en la medida en que cambie, escuche y consulte la felicidad a futuro puede ser todavía más grande para él y para la gente. Esa a la que quiso acercarse dedicando la victoria, pero que se aleja al escucharlo tan desbordado y violento. Porque el éxito y el fracaso son esos dos impostores a los que Borges definió con sencillez y porque si bien, por su temperamento vehemente y sus actos privados la pelota pueda seguir inmaculada, sus arrebatos públicos demuestran que la tranquilidad y la educación, definitivamente sí se manchan. Además de volver a levantar la Copa del Mundo, ese es su otro gran desafío.


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2 blah blah blahes:

  1. Asco ese tipo. asco asco

    beso Agost!

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  2. asco asco asco me da el diegordo maradroga......
    che... no soy zorra :( vaga si, zorra no.........
    buen finde!

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